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martes, 10 de mayo de 2011

GUÍA DE CERDEÑA: ÁREA ARQUEOLÓGICA DE NORA

33 km al sudoeste de Cagliari, la capital de Cerdeña, y a sólo 250 metros al sur de la iglesia de Sant’Efisio se encuentra la entrada al área arqueológica, una de las visitas ineludibles del sur de Cerdeña, tanto por su valor histórico como estético.  


El área arqueológica protege los restos de la ciudad de origen fenicio más importante del sur de Cerdeña. Las ruinas romanas, la última civilización que habitó Nora, son espectaculares; junto a ellas o en muchas ocasiones bajo las construcciones imperiales, los trabajos de los arqueólogos hacen aflorar importantes estructuras púnicas y las primigenias fenicias. Resulta atrayente al máximo el efecto de los muros, columnas y otros elementos arquitectónicos romanos contrastando con el fondo azul turquesa de las calas que rodean la península de Nora.   



Los navegantes fenicios fijaron su atención en una diminuta península formada por una colina en la zona del istmo y dos brazos que se internan en la rada de Nora, uno de estos salientes se extiende hacia oriente y está coronado por otra colina, donde hoy se alza la torre del Coltellazzo. El otro brazo se abre hacia el sudoeste y abraza parte de la ciudad primero fenicia, después púnica y finalmente romana.

Las primeras huellas que delatan presencia humana se remontan al siglo IX a. C. cuando se supone que navegantes fenicios se detenían aquí para avituallar sus naves. En el siglo VII a .C. se fundó una colonia permanente. La urbe fue creciendo con el paso del tiempo y extendiéndose por casi toda la península de Nora. En una estela datada de los tiempos de la fundación de Nora, se descifró el escrito del nombre “Shardn”; algunos historiadores creen que es la primera vez en que se quiso etiquetar la tierra conquistada y que de aquí deriva el nombre de Cerdeña. En la zona sudeste, junto a la playa meridional, es donde se edificó el primer núcleo urbano, el cual se extendía hacia el interior, cerca del istmo y donde con posterioridad los cartagineses edificaron el templo dedicado a la diosa Tanit. En la zona central del istmo se situó la necrópolis, la cual fue creciendo en dirección norte, hasta donde hoy se levanta la iglesia de Sant’Efisio, lugar que acogió un “tophet” o tofet, centro dedicado a los sacrificios de animales y humanos. El fin de la presencia fenicia se sitúa entre finales del siglo V y mediados del IV a. C. cuando la pujanza de Cartago se impuso en el occidente mediterráneo. De la época púnica el mejor exponente en Nora es el templo de Tanit, el complejo púnico-romano de Esculapio, en el extremo sur del cabo de Pula y la necrópolis.

La derrota de Cartago dejó libre Nora y los destacamentos romanos se instalaron en ella a partir del año 238. El impulso que tomó la ciudad quedó plasmado en la cantidad de edificios nobles y espacios destinados al esparcimiento de los ciudadanos y de los destacamentos militares estacionados en la península. Existen datos que corroboran que Nora adquirió la categoría de municipium. Las ruinas romanas son las principales protagonistas de Nora, tanto por el hecho de ser las mejor conservadas, como las que ocupan el estrato superior de las tres ciudades que se superponen. Entre la estructura urbana cabe señalar la amplia zona ocupada por el foro, muy cerca se intuyen los restos de un templo con seis columnas y un altar. Las termas se reparten por varios barrios del municipio, las mejor conservadas son las llamadas terme a mare, en la zona oeste de las excavaciones, un poca más al norte, cerca del istmo quedan los restos de las termas pequeñas (piccole terme) y al sudoeste del teatro las termas centrales. El complejo de Esculapio tiene sus raíces en una construcción púnica, pero los romanos ennoblecieron con mosaicos y otros avances arquitectónicos el espacio dedicado al dios de la medicina. El teatro es el monumento estrella de Nora. Podía albergar cerca de 1.200 espectadores sentados en sus graderías. Conserva varios de los espacios que tradicionalmente constituían un teatro romano, con la salvedad de dos inmensas tinajas ancladas en el suelo a las que todavía no se les ha sabido dar explicación. Hay quienes creen que las tinajas servían como amplificadores de la voz, en cambio hay otras teorías que le dan una función pura de contenedores, usadas al quedar el teatro fuera de servicio.  La casa del atrio tetraestilo, situada en el sector oeste, es un ejemplo de un edificio noble, seguramente la vivienda de un patricio. Los mosaicos que cubren los suelos son de alta calidad.

 Entre las termas pequeñas y el mar se hallaron unos restos que fueron identificados al principio como de instalaciones portuarias; posteriores estudios determinaron que se trataba de una gran basílica cristiana. Los trabajos arqueológicos han acabado dibujando una estructura de 33 metros de largo por 22 de ancho, formando un edificio de tres naves. Su construcción se sitúa en el siglo IV y quedó en el abandono entrono al siglo VII, con los ataques de los bárbaros y las posteriores razzias árabes.


 
* Extracto de la guía: RUMBO ACERDEÑA, de Toni Vives, Editorial Laertes.


jueves, 14 de abril de 2011

DE LHASA A KATMANDU EN BICI

Cruzar parte del altiplano más alto del planeta, atravesar la cordillera del Himalaya y después bajar hasta el valle de Katmandú, siguiendo la llamada carretera de la Amistad, se ha convertido en un clásico del cicloturismo. Pero éste clásico, además de ser una de las mejores rutas de bicicleta que se conocen, también es de las más duras. Una buena forma física y una robusta bicicleta de montaña son indispensables para unir las capitales del Tíbet y el Nepal.


El reto se resume en 14 o 15 días de pedaleo, recorriendo 1.100 km, superando 3 puertos de montaña superiores a los 4.500 metros y 4 por encima de los 5.000 m., para finalizar con el descenso más largo que se conoce, 4.490 metros de bajada continuada.

La aventura empieza en Lhasa, capital tibetana, pero antes de emprender la ruta lo conveniente es dedicar un par de jornadas en recorrer los alrededores de la ciudad, además de las obligadas visitas al palacio del Potala y al templo de Jokhang, más que nada para aclimatar un poco el cuerpo a la altura y de paso hacer turismo.


La primera etapa sin ser difícil ya demuestra lo duro que es pedalear todo el tiempo por encima de los 3.700 m. El segundo día de bicicleta es más exigente. Se sufre bastante al subir las pendientes del puerto del Kamba-La, que solamente alcanza los 4.794 m., pero se deja notar falta el oxígeno. El premio es alcanzar el paso, adornado por los tibetanos con banderas de oración y deleitarse con  el más que soberbio paisaje que se divisa desde lo alto es: en el fondo del valle, majestuoso, el Yamdrok Tso, (lago Turquesa) y muy a lo lejos las nieves del Himalaya.


            En las siguientes jornadas la ruta atraviesa pueblos y paisajes inconmensurables, donde se encuentran nómadas enigmáticos, rebaños de yaks y restos de antiguos monasterios. Entretanto hay otro obstáculo a superar: el puerto del Karo La, que con sus 5.010 m. de altura, significa todo un hito (¡no siempre se pedalea por encima de los cinco mil metros!), allí, un inmenso glaciar viene a dejar sus hielos junto a la pista. El descenso hasta Gyantse, permite alcanzar velocidades considerables. Gyantse tiene la fama de ser la más tibetana de las ciudades del Tíbet. Destacan una altiva fortaleza y el monasterio de Palkhor. Del monasterio solo queda en pie una parte, la mayoría de edificios quedó destruido durante la Revolución Cultural, por suerte sobrevivió Kumbum o el chorten de los 100.000 Budas. Una nueva etapa acerca a Shigatse, la segunda ciudad del Tíbet. Aquí se halla el monasterio Tashilunpo, uno de los pocos que se salvaron de la destrucción china. 


En la sexta etapa hay que cubrir nada menos que 107 km. y superar el Lhakpa La, de 5.220 m. La siguiente jornada esconde otro de los huesos duros de roer. Hay que salirse de la carretera de la Amistad, la ruta principal que conduce al Nepal, para tomar una pista que lleva al Campo Base del Everest. Un terrible puerto separa el altiplano de la montaña más alta del planeta, es el Karo La, de 5.200 m. El camino está en pésimas condiciones y en el descenso hay que abordarlo con todas las precauciones para evitar salir volando por encima del manillar.



Al termino de la octava etapa se llega al monasterio de Rongbuk, situado a 5.300 m, siendo el más alto del planeta. Este es un momento culminante del viaje. El monasterio tiene como telón de fondo la blanca, imponente e inmensa mole de la cara norte del Everest. La jornada más relajada, aunque no exenta del problema de la altura, es la que conduce desde el monasterio al campo base, son apenas 30 km entre ida y vuelta. Alcanzar la falda del coloso y haberlo logrado en la frágil montura de la bici se convierte en un momento clave, no sólo del viaje sino que el recuerdo del instante perdura con el tiempo, por lo menos eso es lo que a mí me sucedió; todavía al rememóralo me emociono. 


De regreso a la carretera de la Amistad todavía quedan dificultades a vencer, como el puerto del Lalung La, de 5.050 m. La gran suerte es que en ese puerto empieza el mayor descenso imaginable. La bajada conduce directamente Dolalghat, a solo 560 m. sobre el nivel del mar, ya en territorio de Nepal. Son dos días siempre pendiente a bajo, con frecuente lluvia y barro. Hay que bordear barrancos que asustan y parecen no tener fondo. Nyalam, a 3.700 m. sorprende porque por fin ofrece un hotel, más o menos en condiciones, ¡incluso con discoteca!, Esto no existía cuando Tintín anduvo por ahí.


            Como el camino sigue cuesta abajo pronto se alcanza la sorprendente población de Zagmu, donde se ubica la aduana china. La “ciudad” de frontera es un caos de camiones, barro, comerciantes, contrabandistas. Un corto descenso, loco y peligroso conduce al Puente de la Amistad, frontera con el Nepal. Desde allí hasta el valle de Katmandú aún quedan dos días de pedaleo fácil.


            Los kilogramos perdidos en el esfuerzo se recuperan rápido; los instantes en que uno piensa que no puede subir más y el trasero duele de tanto traqueteo se olvidan al momento; pero la satisfacción que se siente cuando se ha completado un reto de tal dureza como es la Lhasa – Katmandú es de las que marca para toda la vida.

viernes, 8 de abril de 2011

GUÍA DE CHINA – El Patrimonio Mundial de Unesco (IV)


HUANGSHAN, LA MONTAÑA DEL EMPERADOR AMARILLO


 
El macizo montañoso ocupa una superficie de 1.000 km2, con un perímetro de 120 km.; 30 de los 72 picos sobrepasan los 1500 m. siendo el más alto el de la Flor de Loto, con 1873 m.


 
Desde muy antiguo los paisajes de Huangshan han servido de inspiración a muchos artistas y pensadores. Hay un viejo dicho, atribuido a Xu Xiake, un viajero de la dinastía Ming, que reza así: «Cinco son las montañas sagradas de China, quien las haya recorrido, apenas querrá ver otras, pero quien haya visitado el Huangshan ya no encontrará ningún placer en ver ninguna otra de las montañas sagradas».

          Una antigua leyenda explica el origen del macizo: el mítico emperador Amarillo, quien fundara el legendario imperio del Mediodía, cuando sintió que sus días acababan, salió del palacio con tres ministros con el objeto de encontrar la preciada planta de la longevidad. Para ello se dirigió a las montañas y después de mucho buscar se le apareció un dragón; el animal le invitó a subirse a su lomo y se lo llevó al cielo, pero los ministros se agarraron a la cola. Entonces el dragón, con un brusco movimiento los hizo saltar, tan fuerte se habían aferrado que al caer se llevaron varias escamas y pelos del saurio. Con el tiempo, las escamas y los pelos se convirtieron en los pinos del Huangshan.


 
          Las connotaciones filosóficas que comporta este paisaje son enormes, tanto es así que ha marcado todo un estilo en la pintura china (shānshuĭ). Los taoístas razonan que el orden cósmico se ve profundamente ejemplarizado en el Huangshan; la montaña se identifica con el principio yang, el yīn son las brumas y los lagos. El poder atrayente de este macizo es tal que cada año es recorrido por más de un millón de chinos. Unesco reconoció en diciembre de 1990 al Huangshan como Patrimonio Mundial de la Humanidad.


          Para recorrer el macizo lo ideal sería un destinar de dos a tres días y poder visitar los rincones más famosos y subir a muchos de los picos desde los que se divisan excelentes visiones de los juegos que hace la luz con la bruma, las caprichosas formas de las rocas y los irrepetibles pinos. Los picos, por muy empinados que parezcan siempre son accesibles. Los senderos están tallados en la misma piedra, en una inacabable sucesión de escalones; alguna de las escaleras es realmente vertiginosa.


 
          Cada uno de esos monolitos ha sido bautizado con un poético nombre: el pico de la Flor de Loto, la Capital del Cielo y el pico de la Claridad, son los más altos y célebres, otros se denominan: el Pincel Florece, el Mono Contempla el Mar, el Hada Guía, etc.


 
          El amanecer, y con un mar de nubes envolviendo la parte baja del Huangshan, es una de las visiones más fantásticas que el viajero puede llevarse de China. Muy recomendable presenciar también la puesta del sol. Un moderno teleférico ayuda a que la subida hasta la parte alta del macizo no sea tan fatigosa; aún así los largos senderos a recorrer obligan a repetidos descansos. Por suerte es posible encontrarse a menudo con puestos de venta de refrescos y en los puntos estratégicos hay restaurantes y hoteles.*

*Texto extraído del libro: RUMBO A CHINA, de Toni Vives y Josep Giró. Editorial Laertes.

miércoles, 30 de marzo de 2011

GUIA DE IRAN: ASCENSO AL DAMAVAND


Acabamos de entrar en la época idónea para la práctica del esquí de travesía en las montañas del norte iraní, es por eso que os quiero contar que en la primavera del año 2000 tuve ocasión de realizar la ascensión a la cumbre del Damavand, la montaña más alta de Irán (5.671 m). La expedición estaba organizada por la agencia de viajes Muztag, y los componentes proveníamos en su mayor parte del Club Excursionista de Gràcia, también había un grupo de Gandía y dos compañeros venían de Valladolid.

El Damavand es para Irán como un faro que dirige y rige el discurrir del tiempo y de todo lo que sucede a sus pies. El pueblo iraní siempre ha considerado su montaña como una bendición de Dios. Los bosques, los pastos, las fuentes; en definitiva, el sustento, son debidos a la existencia de las montañas y el Damavand es la más alta de todas. Cuando el día es claro, la cumbre nevada es visible desde Teherán. El Damavand es un volcán del que no se tiene memoria histórica de alguna erupción, pero se le considera semiactivo ya que cerca de la cumbre existe una constante emisión de gases sulfurosos.

El objetivo de la expedición era subir hasta la cumbre y descender esquiando. Para el ascenso escogimos la ruta sur, cuyo trazado es largo pero relativamente fácil, exento de peligros y con vistas impresionantes. Antes realizamos un ajustado programa de aclimatación, para ello nos dirigimos a Dizin, la mejor estación de esquí de Irán, situada unos 60 km al norte de Teherán. La ventaja de Dizin es que podíamos cenar y dormir de manera confortable en un hotel y durante el día realizar excursiones hasta una cota cercana a los 4.000 metros y bajar esquiando al alojamiento. 




                                                        Curiosidades en la estación de esquí de Dizin

                                          Refugio Goosfand Sara

La ruta sur parte de las cercanías de Polour, pequeño pueblo situado 60 km al nordeste de la capital. Debido a que ya estábamos bien entrados en el mes de abril, la nieve en las partes bajas se había fundido, gracias a ello pudimos acceder en vehículos 4x4 hasta el refugio Goosfand Sara (3.040 m). Ese refugio es bien particular, cuanto menos llama la atención a los montañeros occidentales; cuenta con dos grandes habitaciones, una para hombres y otra para mujeres y una mezquita, con minarete y todo. Como por allí no había ningún religioso chiita que impusiese su ley, a la única chica del grupo no la dejamos sola en su habitación y fue bien acogida en la zona masculina.

                                          Refugio viejo de Bargah Sevom
El día siguiente lo dedicamos a subir hasta el refugio Bargah Sevom (4.200 m), ésta parte del itinerario lo realizamos sobre los esquís. Las pendientes son poco empinadas excepto los últimos doscientos metros. En el año 2000 el refugio no merecía llamarse así ya que estaba completamente destrozado. En el interior apenas quedaba el esqueleto de unas literas, por lo que tuvimos que dormir sobre el frío cemento. Hoy día, a poca distancia del viejo refugio, la Federación de Montaña iraní ha construido un nuevo edificio, con las comodidades necesarias para ese tipo de albergue.

                                                    
La última etapa es la más difícil. La vertiente se pone muy empinada y a primera hora la nieve estaba durísima. La opción fue calzarse los crampones y subir siguiendo una arista que conduce directamente hasta unos doscientos metros de la cumbre, allí el perfil se suaviza bastante. Es a partir de este momento cuando se entra en la zona de las fumarolas. De tanto en tanto el suelo deja escapar un humo amarillento, espeso y sobretodo hediondo. A estas alturas, quien más quien menos andaba respirando como podía, los 5.600 metros se dejaban notar y el oxígeno se apuraba al máximo. El peor problema era que cuando la montaña, mejor dicho volcán, abría sus entrañas cerca de algún montañero lo dejaba un poco aturdido por la intensa pestilencia, algo parecido a huevos podridos. Superadas esas molestas fumarolas alcanzamos la cumbre en pocos minutos. Lo curioso es que el calor que desprende el suelo mantiene casi sin nieve el tramo final de ascensión.
                                          Los últimos metros
                                                                La cumbre
El descenso fue una auténtica gozada, primero siguiendo las pendientes fuertes sobre nieve dura y más abajo del refugio Bargah Sevom trazando giros en nieve transformada. Agotados y felices alcanzamos el primer refugio, allí esperamos el transporte que nos llevó directamente hasta unos baños termales situados en la falda del volcán. Sumergirnos en agua a muchos grados fue el remate final a la aventura de montaña que nos deparó la antigua Persia.*

*Texto extraído en parte del libro: RUMBO A IRÁN, de Toni Vives. Editorial Laertes.

miércoles, 23 de marzo de 2011

GUIA DEL ECUADOR, SU PATRIOMONIO MUNDIAL (I): QUITO

Por primera vez desde el inicio de éste blog voy a trasladar el relato a América, en concreto os hablaré del Ecuador. Se trata de uno de los países más pequeños de Sudamérica, situado entre el océano Pacífico y la cuenca amazónica, cruzado a lo largo por la cordillera andina y a lo ancho por la línea ecuatorial. A pesar de su superficie, apenas 250.000 km², en su territorio se esconden algunos de los rincones más bellos e interesantes de nuestro planeta. Unesco, ha inscrito cuatro lugares ecuatorianos en la lista del patrimonio mundial. Empiezo por el Centro Histórico de Quito.

La «Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Francisco de Quito» fue fundada oficialmente el día 6 de diciembre de 1534, al menos por lo que hace referencia a los invasores españoles; en realidad desde 2.000 años atrás el hombre había ocupado aquel valle. El centro histórico se alza sobre las ruinas de una antigua ciudad inca.
Enmarcada por un paisaje único de altas montañas y volcanes nevados, Quito, situada a 2.818 metros de altitud se nos muestra como una urbe ciertamente especial; la parte colonial conforma un conjunto único, el mejor conservado  de América Latina, con sus iglesias, monumentales conventos y blancas mansiones. La Unesco declaró a esta zona de ciudad «Patrimonio Cultural de la Humanidad» en 1978.
Auténticas joyas de la arquitectura se esconden entre las estrechas y bien trazadas calles. Cuando visitamos el centro histórico de Quito nos sumergimos en un baño de arte, cualquiera de los edificios nobles es un compendio de maestría, desde la estructura a su contenido. La mezcolanza de influencias decorativas italianas, mudéjares, flamencas, y sobre todo españolas, se ve realzada por el toque de indigenismo, que es el que da personalidad al todo. 

Los edificios emblemáticos son: la catedral, construida en 1562 y restaurada tras el terremoto de 1797, acabando la obra definitivamente en 1806. La fachada es de estilo neoclásico y muy austera en cuanto a decoración, mientras que el interior, bastante ecléctico, presenta elementos mudéjares, neogóticos, neoclásicos y barrocos. Importantes obras de la Escuela Quiteña presiden algunos de los altares; el más destacado es el del “Descendimiento”, obra de Caspicara; otra de las obras importantes es el retablo del Altar de las Almas, con una escultura del padre Carlos; además se guardan pinturas y esculturas de los artistas Miguel de Santiago y de Legarda. Los trabajados sillones del coro y el trono episcopal, son obras de alto valor artístico. Una pequeña capilla guarda los restos del mariscal Antonio José de Sucre.
El Sagrario. Construido a finales del siglo XVII, en un principio era la capilla principal de la catedral a la que se halla adosada, pero actualmente es una iglesia independiente. La fachada es lo más destacable del conjunto arquitectónico. En el interior lo más interesante es la obra escultórica dejada por Bernardo de Legarda.
Santo Domingo. Imponente conjunto de iglesia y convento; fue construido según los planos de Francisco Becerra a principios del siglo XVII y restaurado por arquitectos italianos tras el terremoto de 1868. En el exterior son dignos de admirar la fachada principal, neoclásica y muy sobria, con su portada de piedra destacando elegantemente; otro elemento llamativo son las cúpulas alicatadas de azulejo, especialmente espectaculares al ser iluminadas por la noche. Contrastando con el exterior, el interior es mucho más recargado; los artesonados son de estilo mudéjar mientras que la mayoría de altares son barrocos; la capilla de la Virgen del Rosario guarda una imagen regalada por el rey Carlos V. El claustro, con su fuente octogonal, árboles y flores; la biblioteca, en la cual se guardan importantes documentos de la primera etapa colonial y la capilla del Rocío, conforman algunas de las dependencias más nobles.
La Compañía. La iglesia empezó a construirse en 1605, pero no se terminó hasta el año 1768. Permaneció clausurada entre 1767 y 1807 durante el tiempo en que la orden de los jesuitas estuvo expulsada del país. Está considerada como una de las edificaciones religiosas más interesantes de América. La fachada, de piedra volcánica, conjuga elementos del barroco español y del italiano; su estructura imita a la de la iglesia de Gesu en Roma, las seis columnas salomónicas que flanquean la entrada son una copia de las del baldaquino de Bernini en el Vaticano. Los mejores artistas de la Escuela Quiteña trabajaron en la decoración del interior. El color del oro, en siete tonalidades distintas, domina por completo toda la nave; los artesonados del techo son de estilo mudéjar, en una policromía de azules, rojos y oro. Los retablos y altares son barrocos y se hallan revestidos igualmente de pan de oro. Entre las obras de arte se encuentran las pinturas de los Profetas, obra de Goríbar; en el altar mayor las imágenes de San Francisco y San Ignacio, obra de Legarda; en el mismo altar se conservan los restos de Mariana de Jesús, la primera santa ecuatoriana.

San Francisco. Cuando Sebastián de Benalcázar hizo el trazado de la futura ciudad, ya dispuso un espacio para la inmensa estructura de la iglesia y convento franciscanos; la gran plaza y el zócalo que preceden a la fachada contribuyen a realzar el conjunto. La obra se empezó el año 1535 bajo las órdenes del misionero Jacobo Rocke, finalizándose en 1605; posteriormente ha sufrido varias reformas para paliar el devastador efecto de los terremotos. Al edificio se le conoce como «El Escorial de los Andes», debido a que la fachada es de estilo herreriano. En el interior todo refulge de pan de oro; techo al estilo mudéjar, columnas y altares se hallan completamente trabajados; numerosas imágenes se atribuyen al artista Caspicara. El altar mayor es de estilo barroco y lo preside la Virgen de Quito, curiosamente una Virgen alada. Los restantes altares son de diversos estilos, algunos de ellos eclécticos, donde se mezclan los estilos renacentista, barroco, neoclásico, mudéjar y en bastantes casos se aprecian rasgos de tradición aborigen, como es la repetida representación del sol, el «Inti» de los incas. La capilla de Cantuña, situada a la derecha del atrio, es la mejor decorada y se la denomina «Capilla Sixtina del Arte Quiteño». El altar mayor es obra de Legarda, la escultura de San Pedro de Alcántara es del maestro padre Carlos.

Otras iglesias dignas de ser visitadas salpican la ciudad, como también son merecedores de un detallado recorrido algunos edificios civiles, como la Casa de Sucre, el palacio de Gobierno, el teatro nacional Sucre o la Casa de Sebastián de Benalcázar. 

* Partes del texto extraídas del libro: RUMBO A ECUADOR Y GALÁPAGOS, de Toni Vives. Editorial Laertes.

martes, 8 de marzo de 2011

GUÍA DE CHINA – El Patrimonio Mundial de Unesco (III)

LOS TULOU DE FUJIAN


En la tercera entrega sobre el Patrimonio Mundial de China he querido mostraros uno de los lugares que más me sorprendió. Se trata de un conjunto formado por 46 edificios, situados a lo largo de 120 km, al sudoeste de la provincia costera de Fujian, y que quedó inscrito en la selecta lista de patrimonio el año 2008. 


   Entre campos de té, arrozales y plantaciones de tabaco se alzan, imponentes, los tulou. Los tulou son viviendas grupales, construidas entre los siglos XII y XX en las que se han primado criterios de defensa o autoprotección. Las viviendas son circulares o cuadradas, de una gran belleza, rodeadas por altos muros de adobe cerrados por tejados de teja oscura. Los de construcción redonda se parecen en cierta medida a una plaza de toros. Pueden llegar a tener hasta cinco niveles y albergar a 800 personas. Desde el exterior son accesibles por una sola puerta de entrada y casi todas las ventanas y balcones están abiertos hacia un espacio interior. En el primer nivel se encuentran las cocinas y comedores, los pisos altos están ocupados por habitaciones. En algunos casos el centro del patio está ocupado por un pequeño templo, en otras ocasiones el oratorio se sitúa en el último piso. Todas las casas siguen al pie de la letra las teorías del feng shui.


Cada tulou servía de vivienda a la totalidad de los miembros de un mismo clan del grupo étnico hakka. A cada unidad de tulou se le llamó “pequeño reino familiar”. Los mejores edificios se remontan a  construcciones de los siglos XVII y XVIII. Uno de los motivos por los que Unesco los ha elegido es por ser un ejemplo único de asentamiento humano en el que se conjuga la vida en comunidad y una función defensiva, en plena armonía con el entorno inmediato. Bastantes construcciones tulou están documentadas desde su creación y se tiene constancia de los nombres de los fundadores de los clanes desde el siglo XIII, dándose muchos casos en que la misma rama familiar habitó de forma continuada el mismo edificio desde su construcción hasta la actualidad.  


Los hakka, son un grupo de origen incierto, también conocido como «invitados» o «los      que vienen de fuera», tiene una larga historia y una rica tradición cultural. Algunas teorías atribuyen su procedencia a la zona central de China. Según parece se desplazaron progresivamente desde la actual provincia de Shanxi hacia las de Henan y Jiangxi. Más tarde se movieron hacia las provincias de Hubei, Hunan y Anhui. Posteriormente a las provincias de Fujian, Guangdong, Hainan y Taiwan. Otros supuestos consideran a los hakka como un subgrupo de los han. Hay teorías que les relacionan con Japón debido a ciertas similitudes culturales.

Los hakka eran agricultores y autosuficientes, pero con las guerras fueron desplazados. Su trayectoria queda en parte demostrada por los vestigios que restan de su cultura. Este carácter emigrante les ha valido el apodo de los «gitanos de China» o el de los «judíos de Oriente». El mejor testimonio de la cultura hakka es la casa o tulou.


Las mujeres hakka son conocidas por sus vestidos de color negro, pero también por su carácter y fuerte personalidad (nunca aceptaron la tradición Qing de vendarse los pies, pues no iba con su papel en la sociedad). Mientras los hombres se ocupaban de la defensa ellas realizaban el resto de tareas. Seguramente a esto se debe que reciban un trato igualitario al hombre, sean independientes y que participen en la toma de decisiones. El grupo valora mucho la educación y la tradición*.

* Extracto de la guía de viajes RUMBO A CHINA, de Josep Giró i Toni Vives, Editorial Laertes.